Álvaro de Luna; Dorian; Samuraï; Pignoise
Del rock canalla al viaje espacial: Interestelar firma una jornada de ensueño en el CAAC
Por Carlos López
Pradera CAAC, Sevilla · 16 de mayo de 2026
La décima edición del festival reúne a miles de personas en una de sus jornadas más multitudinarias. Álvaro de Luna ejerció de profeta en su tierra, Pignoise desató la locura milenial, Samuraï demostró por qué es el presente del pop-punk y Dorian tiñó la noche de electrónica y poesía.
Samuraï y Álvaro de Luna: El incendio de la sangre joven
El relevo generacional no es que pida paso, es que ha tirado la puerta abajo. La tarde se encendía en el Escenario Atlas cuando Samuraï saltó a las tablas con esa actitud tan punk y magnética que la caracteriza. Qué manera de comerse el escenario, por favor. Con trallazos como Tirando balas o El suelo de mi coche, la artista madrileña puso a botar a todo el prado, demostrando que las guitarras eléctricas rugen con fuerza en pleno 2026 y que el público andaluz se sabe sus desamores de memoria.
Pero el delirio total en la orilla del Guadalquivir llegó cuando Álvaro de Luna tomó el mando en el Escenario Cruzcampo. Jugar en casa siempre da ese puntito extra de coraje, y el sevillano salió a morder. Arropado por una banda impecable que rozaba el rock más canalla, Álvaro desató la locura colectiva desde los primeros compases.
Sonaron los temas potentes de su álbum UNO, pero la comunión real llegó en los bises. Cuando miles de personas entonaron al unísono el coro de Juramento eterno de sal y, por supuesto, ese himno total que es Todo contigo, el CAAC se transformó en un karaoke gigante. Confeti, abrazos entre desconocidos y la certeza de que el chaval de Sevilla ya juega en la liga de los intocables.
Pignoise desata la catarsis milenial: Volver a los 16 años por una noche
Hay grupos que forman parte de la banda sonora de nuestra vida, de esas carpetas forradas en el instituto, y Pignoise es el rey indiscutible de esa categoría. El Escenario Atlas se quedó pequeño para recibir a Álvaro Benito, Pablo y Héctor, que están celebrando sus más de dos décadas en la música en un estado de forma envidiable.
Fue empezar a sonar los acordes de Te entiendo y el festival entero sufrió un viaje en el tiempo. El público, en una mezcla preciosa de milenials nostálgicos y chavales de la Generación Z que han heredado el gusto por el buen pop-punk, empezó a saltar sin control.
El directo de la banda madrileña fue un tiro: directo, sólido, sin artificios y con una actitud rockera que envejece como el buen vino. La traca final con Nada que perder desató una de las mayores nubes de polvo y saltos de todo el fin de semana. Vasos de cerveza al aire, gargantas rotas y la demostración de que hay canciones que nunca mueren si se cantan con el corazón.
Dorian eleva el festival a otra dimensión
Cuando la noche ya se ponía mística y las luces del monasterio de la Cartuja contrastaban con los focos del festival, llegó el turno de los chamanes de la electrónica pop nacional. Dorian pisaba suelo sevillano con esa elegancia innata que les precede, dispuestos a convertir el festival en una rave poética bajo el cielo andaluz.
Marc Gili y los suyos desplegaron su habitual arsenal de sintetizadores, cajas de ritmos y esas letras que te arañan el alma a la vez que te obligan a mover los pies. La puesta en escena, visualmente impecable, casó a la perfección con la magia nocturna del recinto.
El clímax llegó, como no podía ser de otra forma, con sus himnos atemporales. Escuchar y bailar Cualquier otra parte o dejarse llevar por el trance de La tormenta de arena, con miles de manos apuntando a las estrellas de Sevilla, fue una experiencia casi religiosa. Dorian no solo dio un concierto; nos regaló un viaje sensorial que puso el broche de oro a una jornada de sábado memorable.