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Romeo-Sevilla
Crónicas

Romeo Santos · Prince Royce

El día que Aníbal González bailó bachata

Romeo Santos y Prince Royce conquistan el Icónica Santalucía Sevilla Fest

Gabriel Mármol

La Plaza de España de Sevilla posee una condición casi mística: es capaz de abrazar cualquier rítmica del mundo y hacerla sentir. En esta ocasión, el monumento de Aníbal González no vibró a compás flamenco, sino al ritmo sincopado y sensual de la bachata. Romeo Santos y Prince Royce hicieron parada en Sevilla con su gira conjunta ‘Mejor Tarde Que Nunca’, en una cita del Icónica Santalucía Sevilla Fest que destacó por su sobriedad escénica, su madurez musical y una multiculturalidad latente en el graderío.

Pasadas las diez y cuarto de la noche, la luz del ocaso sevillano se fundió con la iluminación artificial del escenario, tiñendo el monumental recinto de un tono crepuscular idóneo para el romanticismo inherente al género caribeño. La propuesta de ambos artistas no buscó la estridencia, sino la comunión a través del repertorio. Un inicio medido entrelazó éxitos como ‘La Diabla’, ‘Recházame’, ‘Eres mía’ o el ya clásico corte en inglés ‘Stand by me’, demostrando que la cadencia dominicana ha encontrado en el sur de Europa un arraigo que va más allá de la simple moda estival.

El concierto avanzó con el rigor de quienes conocen los resortes del directo. Tras una breve pausa y un sobrio cambio de indumentaria, los intérpretes regresaron para desgranar composiciones con un trasfondo más complejo, como ‘Ay! San Miguel’, pieza que introduce referencias místicas y religiosas para narrar la protección de un amor frente a las adversidades. Fue un bloque donde la madurez de Romeo Santos y la frescura de Prince Royce sostuvieron el peso de la noche.

La idiosincrasia de nuestra tierra quedó de manifiesto cuando la barrera entre el escenario y la solería de la plaza se desdibujó. Entre un público que el propio Santos definió con ironía como "un mar de esposas", fue un joven sevillano, ataviado con la camiseta de la gira, el invitado a subir al estrado para defender junto a los reyes de la bachata los versos de ‘La última carta’. Un gesto que humanizó la solemnidad del recinto histórico y que conectó el orgullo local con la universalidad latina.

El punto álgido de la velada, cercano a la medianoche, se vistió de solemnidad y memoria. Botella en mano, con licor traído directamente desde la República Dominicana, los artistas alzaron sus copas para brindar por la vida, por los fieles de Sevilla y por los pueblos de América Latina, guardando un emotivo y respetuoso mensaje de aliento hacia Venezuela en las complejas circunstancias que atraviesa el país tras los recientes seísmos. Un brindis que resonó con fuerza en una Andalucía que, históricamente, siempre ha sabido tender puentes de ida y vuelta con el continente americano.

El cierre, como mandaba el guion no escrito de la noche, llegó tras las insistentes peticiones de una masa coral que exigía ‘Obsesión’, el himno imperecedero que universalizó el género hace más de dos décadas. Un último cambio de vestuario dio paso a ‘Lokita por mi’, sellando la despedida con un abrazo fraterno entre los dos protagonistas y un aplauso rotundo que se perdió entre los soportales de la plaza.

Sevilla demostró, una noche más, que su sensibilidad musical no entiende de fronteras. Cuando el sur da la nota, lo hace con la elegancia de saber acoger la nostalgia y el ritmo del otro lado del Atlántico como si siempre hubieran formado parte del mismo paisaje.